‘Cuando uno tiene un micrófono en la mano, tiene un arma, compadre’ Silvestre Dangond

Silvestre Dangond cayó del cielo. Estaba en una plataforma que flotaba en el aire en la parte alta del escenario y lentamente descendió como un ángel entre las nubes. Unos 35.000 fanáticos vestidos de rojo ―el color de los silvestristas, sus seguidores― gritaban su nombre en el Parque de la Leyenda Vallenata, en Valledupar. Él estaba encima de esa tarima voladora vestido de traje negro, impecable, sentado en un trono de dos metros y de colores dorados y rojos. A cada lado había imponentes estatuas medievales con armaduras y espadas. El cantante aterrizó como un rockstar, tronó un acordeón, saltó al escenario y gritó:
“¡Ay, mi ‘silvestrismo’ del alma!”.
Así comenzó, el pasado 28 de noviembre, el show del lanzamiento de Sigo invicto, el décimo álbum de Silvestre Dangond. Un mes atrás, los hoteles declararon un ciento por ciento de ocupación, de la misma manera que los tiquetes aéreos subieron de precio y las cachuchas, manillas y relojes del artista, que se vendían en toldos en las calles, eran los pequeños objetos del deseo de todo Valledupar. Fue un carnaval tan solo comparable al Festival de la Leyenda Vallenata en la capital del Cesar. Y así, más o menos parecido, ocurre desde hace ocho años cuando lanza un disco. Quizá por eso Tigo Music invierte la nada despreciable cifra de tres millones de dólares en sus lanzamientos. Quizá por eso el whisky Old Parr le dedicó una edición especial con su firma en la etiqueta.
Ese hombre que paraliza la meca del folclor vallenato cada vez que lanza un disco es, para muchos, el nuevo Diomedes Díaz. Y no solo porque tiene éxito y millones de seguidores, sino porque es, al mismo tiempo, el cantante más polémico del país. Su nombre ha ocupado titulares por hechos que están entre el mal gusto y la ilegalidad: lo demandaron por tocarle los testículos a un niño; se presentó en la fiesta del narco alias Fritanga; apareció en la contabilidad del detenido contratista Emilio Tapia (quien dice que le regaló un Rolex de 54 millones a cambio de un saludo en un vallenato); Hugo Chávez lo invitó al programa Aló Presidente como a un camarada bolivariano y en un concierto trató de “gringo malparido” al presidente de los Estados Unidos.
Silvestre Dangond nació en Urumita, La Guajira. Su papá, William “el Palomo” Dangond, fue cantante, sin mucho éxito. Su padrino de bautizo es el polémico vallenato Jorge Oñate. Y su tío político fue el compositor de La creciente (Hernando Marín). Estudió en Valledupar. Allá vendió empanadas frente a la terminal de transportes, y a los 19 años se fue para Bogotá a dar serenatas. Empezó tocando en un bar en La Calera, hasta que armó su propio conjunto vallenato. Entonces solía perseguir a cantantes como Jorge Celedón para que, al final de los conciertos, en los remates de parranda, en apartamentos, lo dejaran servir el trago y, con suerte, cantar una canción. En el 2002 grabó su primer álbum, Tanto para ti. En el año 2004 se apuntó un hit con su canción La colegiala, y de ahí en adelante la fama y el dinero comenzaron a llegar.
Entonces no caía del cielo en sus conciertos. Salía vestido de jean y camiseta, se presentaba en casetas, muchas veces borracho, y pesaba 130 kilos. Pero empezó a cambiar, por lo menos físicamente, en el año 2007, en un Carnaval de Barranquilla. Ese año, el 16 de febrero, salió al escenario con faja y drenando sangre. No se le notaba, pero bailaba despacio, sin gracia y sin los brincos y energía que lo caracterizan en tarima. Detrás del escenario, dos enfermeras y un médico lo vigilaban porque apenas 20 días atrás le habían practicado una lipectomía y una liposucción. “Así salimos a cantar en 12 conciertos, salimos porque yo también estaba operado, nos hicimos la cirugía el mismo día, Silvestre en Barranquilla y yo en Valledupar”, dice Juancho De la Espriella, quien fue su acordeonero por diez años y quien agrega: “Para mí, hoy Silvestre Dangond es como el Michael Jackson del vallenato”.
Un año después de ese carnaval y ya con su peso actual, 85 kilos, lanzó por primera vez uno de sus discos en el Parque de la Leyenda Vallenata: El original, el de Me gusta, me gusta. Y siguió repitiendo la hazaña de llenar el mítico parque año tras año. Hoy, a sus 34 años, se presenta ante cuatro millones de personas al año en los 250 conciertos que ofrece en el país. Cobra 100 millones de pesos por presentación. Y también realiza giras por Estados Unidos y Europa.
La puerta del ascensor se abre en la mitad de la sala de su apartamento de 500 metros cuadrados, en el norte de Bogotá. Los muebles están cubiertos con sábanas, y aunque Silvestre Dangond solo sabe tocar la guitarra, hay un gran piano de cola blanco. Todo parece en desuso. “Aquí lo único que se siente es el eco de la soledad, porque yo aquí no tengo a nadie, ni agua te puedo brindar”, dice mientras esculca los cajones de la cocina. Son las diez de la mañana, busca algo para desayunar, pero solo encuentra una leche y unos cereales vencidos. “Es que yo aquí no vivo, hermano, yo vivo es en Miami”. Hace tres años se radicó en Estados Unidos con su esposa, Pieri Avendaño, y sus hijos: Luis José, de diez años; Silvestre José, de ocho, y José Silvestre, de tres. Pero la mayoría del tiempo está en el país por sus presentaciones. Casi siempre solo, en su megaapartamento y sus casas de campo en Barranquilla y Valledupar. Desde que se fue, asegura, se convirtió en una mejor versión de sí mismo. En Colombia se la pasaba de escándalo en escándalo…
¿Qué pasó en Patillal? ¿Por qué le tocó los genitales a un niño?
Ese fue el peor concierto de mi vida. Yo le agarré fue el jean, el peladito se montó a cantar conmigo en la tarima, y “pang”, “pang”, yo de verraco llegué y lo agarré. Esa vaina me marcó a mí mucho, yo pasé como tres meses de mi vida mal, muy mal.
Usted dijo que eso era una tradición…
Pues más que tradición lo que pasa es que allá no le ponemos la malicia, eso no es tabú. Allá lo hacemos de una manera natural. Bueno, lo hacía, pero quedé tan traumatizado que no lo volví a hacer. Lo había hecho muchas veces, claro, a cualquier sobrinito, a cualquier pelado. Y a mí también me lo hicieron.
Y según usted, ¿qué significa la tradición?
Como verraquera, es decirle al “pelao” que tiene las huevas bien puestas. Y eso fue lo que yo traté de decirle. Si tú hablas de eso con un costeño, con alguien del pueblo, lo aplaude, no le ve malicia. Pero como soy una figura pública…
¿Por qué dice que esto lo afectó?
Por mis hijos. Si yo hubiera estado soltero, sin hijos, la historia habría sido distinta, habría salido y desafiado el comentario, habría salido a defender lo que son las costumbres. Pero como ya tenía mis tres “pelaos”, entonces yo decía, mano, esta vaina no está bien, la prensa me está haciendo ver a mí como un abusador. Y yo decía: “¿Qué les van a decir a mis hijos en la calle y en el colegio?”. Entonces me refugié en el silencio. Hermano, yo no le hago mal a nadie, yo trato de vivir una vida de una forma muy pacífica, muy aislado de muchas cosas, pero en este medio las cosas son difíciles.
Usted dice en la canción Así no sirve: “Oye Emilio Tapia, lo que me dijo y lo que le dije, vio, vio, vio…”. ¿Es verdad que el contratista Emilio Tapia, que está preso en la Picota, le regaló a usted un reloj Rolex de 54 millones a cambio de un saludo en un vallenato?
Te desmiento eso del Rolex, eso es totalmente falso, no sé qué desorden tendrían ellos con su contabilidad y por qué aparezco yo por allá. Seguro para justificar cosas. Pero te digo algo, la culpa no es de Silvestre Dangond, ni de ningún músico. La culpa es del Estado por no investigar a quién le va a dar su dinero para que haga unas obras. Es como si yo hoy te nombro en un disco y en seis meses tú saliste como un estafador, yo qué culpa tengo compadre, yo no tenía por qué desconfiar de una persona que a mí me estaba demostrando cariño.
¿Pero entonces sí son amigos?
Sí, claro, pero para que te des cuenta cómo fue la historia, el que me lo presentó, el amigo de Emilio, él que era llave y amigo personal de él era Juancho (De la Espriella) y yo lo nombro por primera vez por él. Cuando llegan los saludos, Juancho me pasa una lista y yo tengo la mía, y en la lista de él estaba su compadre Emilio, y como yo soy el que canta, pues todos los saludos los digo yo. Pero mira que hay un saludo que no es muy famoso que yo le tiro a Emilio y que dice: “Lleno de bendición por todo este tiempo”, porque a él le estaba yendo muy bien y no tenía enredos en esa época.
A propósito de enredos, usted cantó en la famosa fiesta de matrimonio de alias Fritanga…
A mí me contrataron para un matrimonio, como contratan a cualquier artista, yo bajé a las tres y media de la mañana a cantar y no sabía quién se estaba casando, no sabía de quién era la fiesta. Yo canté, “rin, ran, rin” y me fui, y a los cuatro días cuando fue el escándalo, yo estaba en Venezuela.
Usted fue chavista, ¿no?
¿A quién no convenció ese loco cuando comenzó? Yo no me arrepiento de haber seguido sus ideales cuando empezó. Es que sus ideales se veían bien beneficiosos para el pueblo. Lo que pasa es que a Chávez se le corrió la teja de un momento a otro. Pero hoy no soy chavista, eso sí, te digo que el escándalo habría sido más grande si se hubiera sabido todo.
¿Y qué es todo?
Hugo Chávez me esperó a mí en un Aló Presidente. Yo iba a tocar en el mismo pueblo donde se emitía el programa y él me invitó y me anunció al aire. El presidente Chávez dijo: “Hoy vamos a contar con la presencia de un camarada, del cantante colombiano Silvestre Dangond”. Pero Dios sabe cómo hace sus cosas, era un pueblo cerca de San Cristóbal y ese día hubo un trancón y yo llegué tarde, yo llevaba una guitarra para cantarle en el programa, pero no pude cantarle a Chávez, y yo sí quería. Cuando llegué se había acabado el programa. Es más, cuando me invitó yo lo consulté con varias personas allegadas mías aquí en Colombia y todos me dijeron que no lo hiciera, que eso era un problema y yo dije, ¿por qué no?, lo voy a hacer, pero mira, no pasó.
¿Por chavista fue que le mentó la madre en un concierto a George Bush, entonces presidente de los Estados Unidos?
Cuando uno es líder, uno siente que tiene la solución en las manos, y cree que resulta fácil, que na’ más hay que hacerle ver al pueblo las cosas, me entiendes y que despierte. Uno quiere como agarrar la vocería, ya que nadie se atreve a decir las cosas, porque vivimos en un mundo en el que todos dicen: “Yo no digo nada porque pierdo el trabajo, yo no digo nada porque me quedo sin comida”, la gente no se atreve por miedo y yo quiero ser la voz del pueblo. Cuando uno tiene un micrófono en la mano tiene un arma, compadre.
¿Por querer ser la voz del pueblo fue por lo que defendió las corralejas de Sincelejo y se peleó con los defensores de los animales?
Eso me pasó por sapo. Cuando yo llegué a Sincelejo me encontré con unos seguidores en la calle y les pregunté: “Bueno muchachos, ¿cómo van las fiestas?”, y me respondieron: “Mal, porque no hay corralejas y cuando no hay corralejas las fiestas se ponen aguadas y el pueblo pierde plata”. Y te digo, yo nunca he ido a una, no sé qué pasa en una corraleja, lo que sí supe, después del escándalo, es que ellos no matan a los animales, al contrario, los mantienen bien “empeluchados” porque les sacan provecho, viven de ellos. Yo lo que dije es que “menos mal que al alcalde que las prohibió solo le queda un año”. Y lo dije porque los que se están lanzando para la Alcaldía están aprobando las corralejas. Y ahí yo dije, marica, aquí yo me metí fue de sapo y por defender al pueblo terminé echándome encima a los animalistas.
¿Por qué siempre que usa esa arma se forma un escándalo?
Los escándalos yo nunca los he buscado. Me han llegado por momentos de exceso de emoción. Yo pienso hermano que eso va a vivir conmigo hasta el día que me muera, porque eso uno no lo controla. Yo no tengo libreto, ni un telepromter, como muchos artistas que lo usan hasta para saludar al público. Mientras yo no tenga un telepromter va a ser impredecible lo que pase en un concierto de Silvestre Dangond.
En Ciénaga, Magdalena, en abril de 2009, usted le dijo a Peter Manjarrés: “Cada quien guerrea con lo suyo, no seas marica”. ¿Por qué lo insultó así?
Porque me cantó La colegiala (la canción), que estaba en su punto más alto, el éxito más grande que yo tenía hasta ese momento, letra mía y todo. Estábamos en un mano a mano y yo la estaba guardando para el final, pero él me la cantó y tú sabes cómo soy yo de explosivo. Yo cogí rabia y me salí de la ropa. Lo insulté como si estuviera en el patio de mi casa.
¿Por qué pelea a veces hasta con el público?
Yo soy de los que se meten en la vida privada del público. Yo a veces veo a alguien llorando y paro de cantar, paro la música y le pregunto: “¿por qué lloras?”. O a veces veo que están de mal genio y les pregunto si están de mal genio porque no les caigo bien. Sí, lo he dicho. A veces están ahí y alguien me hace señas groseras (hace pistola con la mano) y yo les hago igual, y le pregunto al que lo hace: “Qué haces tú aquí, pa’ que pagaste tu entrada, si quieres te la regalo, búscame y te pago la entrada, pero te largas de aquí, no me interesa que tú estés aquí”. Por esas cosas he causado mucha controversia.
¿Está arrepentido de alguno de sus escándalos, cree que tiene que cambiar?
¿Arrepentido? Noooo, no mi hermano, yo no me arrepiento absolutamente de nada. Y cambiar para mí es como quitar parte de mi esencia. De pronto medirme, pero corregirlo no, quitarlo no, me parece que si me quito eso ya no soy yo.
¿Cómo es el cuento de que usted es de ascendencia francesa?
¡Ja, ja, ja…! Yo vengo de un francés –pero cruzado, marica–, cruzado con wayú, de La Guajira.
Y de una familia muy adinerada…
No sé bien. Tengo entendido que sí. Lo que pasó es que mi papá no fue hijo de matrimonio, nació por fuera y nunca tuvo los beneficios de los otros Dangond. Pero nosotros somos gente muy humilde, por parte de mi mamá somos todavía más campesinos y de parte de mi papá también muy humildes, somos gente de pueblo.
¿Es verdad que en su pueblo, Urumita, le decían Chivas, por el whisky?
Sí, me decían Chivas, pero no porque tomara whisky, era porque yo cantaba en las parrandas en Urumita, y me ponían a echar el trago (a servirlo). Siempre era así en mi pueblo. Ya luego cuando se cansaban los duros, me ponían a cantar a mí, ¿si me entiende? Cuando todo el mundo se mamaba decían: “denle una ahí a Silvestre”.
En su casa parrandeaban vallenatos famosos…
Claro. Todos cantaron en mi casa, los más famosos: Poncho Zuleta, Beto Sabaleta, Silvio Brito, Israel Romero, Rafa Orozco y Jorge Oñate, que es mi padrino. Lo que pasa es que yo estaba cortado por lado y lado, por el lado de mi papá, William Dangond, que era parrandero y cantante, y que terminaban rematando en mi casa. Y por parte de mi mamá, Dellys Corrales, porque una hermana de ella, Edelmina, tía mía, era esposa del compositor Hernando Marín (el autor de La creciente) y a él lo iban a buscar todos los músicos para pedirle canciones. A la hora de pedirle canciones, pues terminaban parrandeando y yo siempre estaba ahí.
¿Se puede decir que tuvo una infancia pobre?
No, no. Yo no te puedo decir que pasé hambre, por ejemplo, yo me metía las tres comidas siempre, mal, pero me las metía.
¿Y vendió empanadas en Valledupar?
Sí, claro. Mi papá tenía un restaurante, pero era pa’ coteros. Y no era un restaurante exactamente, era una esquina donde vendíamos gaseosa, cerveza y empanadas, que quedaba afuera de la terminal de transportes. Y ahí, en esa esquina, se hacían todos los coteros a esperar que llegaran las mulas para cargar cosas. Al negocio le decían “El Palomar”, porque a mi papá le decían “el Palomo”. Se puede decir que me crie entre coteros y choferes.
Su mamá trabajó como empleada del servicio…
Sí, sí, eso es verdad. Lo que pasa es que cuando ellos se separan mi mamá se fue a vivir a Bogotá, sin nada, y le toca hacer de todo. Después mi papá se fue detrás de ella y me dejó en Valledupar, donde duré como año y medio solo. Y a los 19 años me fui yo también para Bogotá, a vivir con ellos.
En Bogotá empieza su historia en la música, ¿cómo fue?
Cuando yo llegué mi papá me conectó con unos amigos de La Guajira, vallenatos, y yo salía con ellos y mi guitarra, sin cobrar. Cantaba en tiendas, en apartamentos, todo era por trago y comida. Así duré unos meses. Hasta que me descubrieron unos músicos y me pusieron a tocar guitarra en una taberna muy famosa en La Calera que se llamaba La Cabaña, pero ahí duré poco.
¿Por qué duró poco en La Calera?
Porque me conseguí un acordeonero que tocara solo para mí y me independicé con él. Ahí sí empecé a cantar y llegué al grupo de cantantes que tenía que llegar, que eran los de aquí de Bogotá: Felipe Peláez, Carlos Huertas, Coco Zuleta y Chabuco. Cuando yo llegué donde ellos, ellos me dieron la aprobación y ahí grabé mi primer disco en el año 2002, que lo produjo Felipe Peláez. Y ese disco lo llevamos a Sony y ahí empecé mi carrera con ellos.
¿Soñaba entonces con ser un Diomedes Díaz?
Sí.
¿Y todavía sueña con eso?
Mira mi hermano, los grandes son los grandes y son irreemplazables, prácticamente inimitables. ¡Es tan difícil imitar a Diomedes Díaz! ¡Es tan difícil imitar a Poncho Zuleta o a Jorge Oñate! Como son tan difíciles de imitar yo dije: “Esos manes ya armaron su castillo, ¿entonces yo qué tengo que hacer? Armar un castillo al lado de ellos, pero diferente”. Hay que darle a la gente algo diferente.
¿Qué concepto tiene hoy de Diomedes Díaz?
Diomedes Díaz es sobrenatural. Diomedes Díaz es irrepetible. Si llegara a haber otro Diomedes, eso iría en contra hasta de los designios de Dios.
Ahora que menciona a Dios, veo que tiene un libro cristiano en la mano, de Alex Campos. ¿Se volvió cristiano como su exacordeonero Juancho De la Espriella?
Yo sé que Dios existe y tengo una relación con Él muy personal, muy mía, aunque vivo en una pelea muy jodida con el pecado por el tema de las mujeres y el trago. No es fácil. He tenido momentos en los que me he acercado a Él y otros en los que me he alejado. Como altos y bajos y eso tiene que ver mucho con el desorden que uno lleva. Pero creo que obrar bien paga y lo digo por mi experiencia: cuando estoy en los caminos correctos, todo brilla, y cuando estoy en mi desorden, de pronto la música sigue brillando, pero otras cosas se van desvaneciendo.
Usted vive en la noche, en la parranda, ¿es difícil manejar ese tema ahí?
Lógico, yo a veces, cuando he durado en mi desorden, me da pena hermano, me da pena hablarle a Dios, me da pena coger la Biblia y arrodillarme a rezar. Pero lo hago, y me desvanezco y lloro, yo le digo: “No estoy haciendo las cosas bien, ¿qué me está pasando?”.
¿Cree que ha influido en ese desorden el hecho de que usted se haya vuelto famoso tan joven?
Sí, claro, uno puede equivocarse. Y sin tutor, porque en el vallenato cada quien es dueño de sus actos, no es como en el pop que hay mánager y un departamento detrás de la persona que le dice a uno cómo se va a vestir, no. Aquí estás solo, y dedicado a la parranda, a lo bohemio, y para completar uno se mete sus tragos en tarima, pues imagínate…
¿No ha pensado que usted puede terminar como Diomedes Díaz, en el sentido del desorden, del trago, de las drogas?
Yo declaro con mi palabra que no sea así, ante los ojos de Dios no. Cómo voy a querer eso yo, si los shows míos de hoy en día no permiten ni que yo llegue borracho. Mis shows ya no permiten eso, por el baile, por el corre corre, por la sincronización que hay que tener, no me permiten emborracharme, eso era antes, pero cría fama y acuéstate a dormir, eso es lo que pasa compadre.
Entonces, ¿ya no toma, no consume droga?
Te voy a hablar en nombre de toda la nueva generación del género vallenato: ninguno consume drogas, ninguno de mis colegas consume drogas, somos personas limpias, y meto la mano por todos, tanto por los cantantes como por los acordeoneros, todos están limpios. Algunos beben, y otros ni beben, yo creo que el único que bebe bastante de esta generación soy yo.
¿Tuvo problemas con las drogas?
No, nunca he tenido problemas con las drogas, que yo diga, no marica, esta mierda me tiene enganchado no, que voy a incumplir, no, nunca; nunca he tenido problemas con las drogas, he tenido más problemas con el alcohol.
¿Pero las consume?
Eso si lo dejo a la reserva del sumario, piensa lo que quieras, esa es mi vida personal. Si te digo que he tenido problemas con el alcohol, es porque sí. Me encanta. Y yo lo he dicho: me fascina. Y soy de los que aquí, en este apartamento, ahorita, agarro una botella, pongo música y duro 24 horas bebiendo.
¿Ha tenido problemas con su familia por la parranda?
Yo nunca hablo de mi vida familiar, todo lo que se diga de Silvestre Dangond en la parte familiar es chisme, eso nunca lo he ventilado. Te puedo decir que ahora estoy pasando por un buen momento con mi familia y eso me da tranquilidad y seguridad.
¿Cuánto tiempo le duró su parranda?
Más o menos desde la época del 2003 hasta el 2010. Desde que comenzó La colegiala, con La Fama. Toda esa época, hasta Cantinero, en 2010, cuando me empezó a mí a cambiar el chip.
¿Y por qué fue ese cambio de chip?
A mí me cambió el chip Estados Unidos. Yo todavía no vivía allá, pero fui a un concierto y escuché en la radio Me gusta, me gusta, pero cantada por Elvis Crespo. Y a mí me dio una envidia, de la sana, pero me dio inconformidad también. Yo decía: “marica, pero este ‘man’ cogió mi canción, la tiene aquí pegada, le hizo tronco de video y la mía que es mejor, que es la original, aquí ni siquiera la ponen”. Luego dije: “Si él puede, por qué yo no”.
¿Y en qué cambió?
Empecé a usar vestidos enteros, a meterle producción a la tarima. Yo dije: ¡Eche, yo tengo que empezar a diferenciarme de los demás! Comencé a pensar como empresa. A pensar en otros formatos de los shows. Tú puedes ver mis videos pasados y me ves con cualquier jean y camiseta cantando, bien sencillo. Pero yo comencé a cambiar porque empecé a darme cuenta de cómo lo hacían otros artistas, Alejandro Sanz, Arjona, Ricky Martin, Marc Anthony.
¿Recuerda una anécdota de esa época?
Una vez, en Aguachica, Cesar, en ese deseo de cambiar, armamos una tarima de tal forma que yo debía salir por detrás de la gente, pero cuando ya llegó la hora del concierto, yo salí caminando y me resbalé de la tarima, me caí al fondo por una escalera, afortunadamente el público no se dio cuenta, porque todo estaba oscuro, esa fue la primera vez que salí con vestido entero, para mí el cambio fue drástico y para la gente también.
En medio de su éxito, de tantos seguidores y tanta fama, usted parece una persona muy sola, ¿es así?
El noventa por ciento del tiempo estoy solo. Tengo un mes de estar aquí en Colombia, sin ver a mi familia. Estuve en Barranquilla, en mi casa de campo allá, solo; aquí llevo tres días, solo. Y marica, la soledad es puerca. Pero prefiero tener un círculo de amigos muy cerrado.
¿Por qué?
Porque yo soy de las personas que creen que las cosas las debemos solucionar nosotros mismos, no hay ninguna persona, diferente a ti mismo, que te vaya a dar la solución. A veces a ese supuesto amigo le gusta es enterarse de las cosas para salir a hablarlas. Uno confía en X o Y persona y te da un consejo que no lo aplica ni él, y a la vuelta de la esquina anda diciendo: “Silvestre está mal, Silvestre está mal”. Por eso yo no le suelto lo mío a nadie, compadre.
 Fuente: Revista Bocas
Radionotas: http://radionotas.com/cuando-uno-tiene-un-microfono-en-la-mano-tiene-un-arma-compadre-silvestre-dangond/